RT 152

  

Capítulo 152: ¿Dónde me mordió?

De lo contrario, mejor me quedo dormido un rato.

 

Xiao Lan quería entrar con Lu Zhui, pero Lu Wuming lo hizo salir, así que solo pudo quedarse guardando la puerta.

 

Lu Zhui sirvió dos tazas de té.

—Padre.

 

Lu Wuming se sentó en la silla y preguntó con voz grave:

—¿Qué ha pasado exactamente?

 

—Fue como un gato ciego encontrando un ratón muerto —respondió Lu Zhui—. Créalo o no, yo antes no había practicado ninguna técnica demoníaca.

 

Pero Lu Wuming no le creyó. Había visto claramente que, aunque Ji Hao estaba inmovilizado, aún tenía un brillo feroz en los ojos. Ni siquiera los golpes de Xiao Lan habían logrado cortar por completo su vitalidad. ¿Cómo era posible que su propio hijo, con solo tocarle la cabeza un par de veces, lo enviara al otro mundo?

 

—¿Padre no me cree? —preguntó Lu Zhui.

 

Lu Wuming negó con la cabeza.

—No entiendo de formaciones, pero sé que una formación por sí sola no puede hacer que Ji Hao pierda de pronto toda voluntad de vivir. Y cuando atacaste, tu cuerpo estaba lleno de energía maligna, igual que… un chamán de las tribus del sur.

 

—No es brujería. Es la técnica de Traspaso de Almas —dijo Lu Zhui—. Ya se lo mencioné antes. En ese pasadizo lleno de pinturas encontré el manual de Fu.

 

—Dijiste que lo habías leído, no que lo habías practicado —replicó Lu Wuming.

 

—No lo practiqué. Solo memoricé la fórmula interna —explicó Lu Zhui—. El manual estaba incompleto. Ni siquiera pensaba estudiarlo. Pero hace un momento tuve una idea repentina y pensé que quizá podría usarlo contra Ji Hao. Así que lo intenté.

 

—¡Insensato! —Lu Wuming levantó la mano y le dio una bofetada—. ¿Cómo te atreves a usar una técnica demoníaca incompleta como si nada? ¿Y lo dices con esa ligereza? ¿No temes perder la cordura o caer en la desviación?

 

—Sé que estuvo mal —admitió Lu Zhui, dócil.

 

—¡Quien practica artes marciales debe evitar la arrogancia y la imprudencia! Reflexiona bien. No saldrás de aquí hasta mañana —ordenó Lu Wuming.

 

—Sí, padre.

 

Lu Wuming salió de la habitación y cerró la puerta.

 

Xiao Lan, que había escuchado todo desde afuera, dijo:

—Señor…

 

—¿Vienes a interceder? —preguntó Lu Wuming.

 

Desde dentro, Lu Zhui respondió:

—¡No, no, no!

 

Xiao Lan no pudo evitar sonreír con resignación y le recordó en voz baja:

—Mingyu aún está herido.

 

—Y tú lo sabes —replicó Lu Wuming, sentándose en un banco de piedra y alzando la voz— Si sabes que está herido, debes ser aún más cuidadoso. Hoy fue suerte. Si algún día ocurre algo de verdad, no bastará con una noche de reflexión.

 

—Padre tiene razón —dijo Lu Zhui desde dentro.

 

Xiao Lan suspiró. Como Lu Wuming no lo había obligado a arrodillarse, pasar la noche sentado en la habitación tampoco era un castigo tan terrible.

 

—Ahora dime tú —continuó Lu Wuming—. ¿Por qué tu habilidad aumentó tanto en una sola noche?

 

Lu Zhui, dentro, aguzó el oído.

 

—Fue la boticaria —respondió Xiao Lan—. Lo que selló… parece que no era solo mi habilidad.

 

Desde los tres años había aprendido el manejo de la espada junto a su madre en el Acantilado Wunian, y de vez en cuando recibía la guía personal de la abuela Tao Xin. Sus bases no eran débiles. Más tarde, tras años de huida y penurias, abandonó la práctica por un tiempo; y cuando llegó a la Tumba Mingyue, tomó a la tía Fantasma como maestra y volvió a entrenar desde el principio. De niño no lo notaba, pero cuanto más crecía, más sentía que algo no encajaba: por más que intentara romper sus límites, siempre le faltaba un último aliento; una técnica que debía desplegarse con toda su fuerza apenas alcanzaba cinco o seis décimas.

 

—En este mundo, la mayoría de los que practican artes marciales solo aprenden la superficie. Con comprender tres partes ya pueden recorrer el Jianghu. Que tú alcances cinco o seis ya es un logro —decía la tía Fantasma—. No te exijas demasiado.

 

Aunque lo decía, Xiao Lan nunca se conformó. Durante años buscó métodos para recuperar ese aliento perdido, pero todos sus intentos fueron en vano.

 

—¿La anciana boticaria te selló los puntos de energía? —preguntó Lu Wuming.

 

Xiao Lan asintió.

 

—El médico divino Ye lo descubrió cuando me extrajo los insectos gu.

 

—Parece que entre esa vieja bruja y la tía Fantasma hay más problemas de los que aparentan —dijo Lu Wuming—. No estaban tan unidas por la tumba Mingyue como parecía.

 

Xiao Lan asintió.

—Yo también lo sospechaba desde hace tiempo.

 

—Pero una vez liberados los puntos de energía, tu fuerza aumentó más de un treinta por ciento. Eso demuestra que has trabajado duro todos estos años, y que hoy pudiste comprender sin maestro —dijo Lu Wuming—. Eres un buen talento para las artes marciales.

 

—Gracias por el elogio, señor Lu —respondió Xiao Lan.

 

—Vamos, veamos a tu shifu —dijo Lu Wuming, dándole una palmada en el hombro.

 

—Mingyu debe comer… —recordó Xiao Lan.

 

—¿A estas horas? ¿Lo tomas por un bebé recién destetado que necesita ocho comidas al día? —refunfuñó Lu Wuming.

 

Desde dentro, Lu Zhui tosió dos veces.

«Serás tonto… Mi padre por fin me había olvidado, y tú vas y lo recuerdas. Ahora me caerán tres regaños más.»

 

Xiao Lan mantuvo la calma y siguió a Lu Wuming hacia la habitación de Yang Qingfeng.

 

Ye Jin, agotado tras dos días de desintoxicación y curaciones, ya había vuelto a descansar. Yang Qingfeng, con una pierna levantada, dijo al ver a Xiao Lan:

—Discípulo, tu shifu quiere contarte una historia.

 

—¿Qué historia? —preguntó Xiao Lan.

 

—Había una vez un padrastro… —Yang Qingfeng lo miró de reojo.

 

Lu Wuming: “…”

 

—Un padrastro cruel… —suspiró Yang Qingfeng—. Todos los días hacía que su hijo reflexionara y se arrodillara sobre una tabla con clavos.

 

El pecho de Lu Wuming se apretó. Se dio la vuelta y salió.

 

Xiao Lan sonrió.

—¿Cómo está la pierna de shifu?

 

—Muy bien —Yang Qingfeng le tomó la mano—. Menos mal que Mingyu tiene buen carácter, con el padre que le tocó…

 

Afuera, la comisura de los labios de Lu Wuming tembló.

«¡¿Y quién fue el viejo que hace un rato quería golpear a mi precioso hijo?!»

 

El sol se ocultó tras las montañas y la residencia se calmó. Con la muerte disipándose, parecía que nada hubiera ocurrido. Solo unos guardias jóvenes seguían cuchicheando sobre la pelea del día.

 

Lu Zhui estaba recostado sobre la mesa, mirando cómo el vapor de su té se desvanecía. Tocó la taza: fría.

 

No había sereno nocturno, así que no sabía qué hora era. Se quedó absorto, y luego sonrió. Había imaginado mil veces cómo sería la primera noche después de que Xiao Lan recuperara todos sus recuerdos… y jamás pensó que sería así: uno castigado a reflexionar, el otro sentado en el tejado acompañándolo.

 

Escuchando el movimiento dentro, Xiao Lan sonrió y dijo en voz baja:

—Duerme un poco.

 

Lu Zhui, envuelto en la capa de Xiao Lan, tenía los ojos brillantes. No tenía sueño.

 

Pasó un rato. Desde dentro se escuchó un “ding ding dong dong”, sonidos claros y desiguales, como si un músico afinara un instrumento.

 

Xiao Lan levantó una teja y miró hacia abajo. Vio a Lu Zhui alineando siete u ocho tazas de té, cada una con distinta cantidad de agua. Con un alfiler de jade, las golpeaba una por una para probar el tono.

 

La noche era oscura y silenciosa. Ese pequeño sonido flotaba solo dentro de la habitación, sin molestar a nadie más.

 

Xiao Lan se recostó sobre el brazo, mirando el cielo, escuchando esa melodía torpe pero hermosísima, que sonaba a canción infantil, a tonada de recolección de loto.

 

Siete u ocho tazas, media taza de agua, un alfiler de jade, una melodía de añoranza, dos personas que se quieren.

 

Una pequeña elegancia para no desperdiciar la noche.

 

Al día siguiente, tras “reflexionar”, Lu Zhui fue liberado. Después de recibir otra reprimenda de Lu Wuming, se metió en la habitación y se hundió cómodamente en el barril de agua caliente.

 

Xiao Lan tomó un cucharón y vertió agua sobre sus hombros.

—¿Aún tienes frío?

 

—No —Lu Zhui estornudó—. No es frío, es que la nariz me pica.

 

Xiao Lan le levantó la barbilla.

—La última melodía de anoche era muy bonita. ¿Cómo se llama?

 

—No tiene nombre. La improvisé —Lu Zhui se hundió más en el agua, hasta cubrirse la barbilla—. Si te gustó, puedo escribir la partitura y tú la practicas.

 

Xiao Lan sonrió.

—¿Y no debería ser que tú me la toques todos los días?

 

—Eso cuesta plata —Lu Zhui apoyó un pie en el borde del barril, dejando caer gotas por todas partes.

 

Xiao Lan le sujetó el tobillo.

 

Lu Zhui: “…”

 

La habitación se volvió silenciosa.

 

La escena era realmente… erótica. Entre la neblina blanca, el cabello mojado pegado a los hombros blancos, los labios y las cejas teñidos por el calor, una pierna extendida hacia afuera, la línea del músculo marcada y brillante por el agua que goteaba sobre la ropa de Xiao Lan, dejando pequeños círculos húmedos.

 

Lu Zhui lo enganchó con un brazo.

 

Xiao Lan volvió a meterle la pierna en el agua.

—No hagas tonterías.

 

—Solo una vez… —murmuró Lu Zhui—. Aunque luego tenga que escribirle al médico divino diez páginas de arrepentimiento.

 

—Ni una vez —dijo Xiao Lan—. Sé bueno. Tenemos mucho tiempo por delante.

 

Lu Zhui apoyó la barbilla en su hombro, indignado.

—Mejor me hago monje.

 

Xiao Lan rio.

—Si te haces monje, comerás col y tofu todos los días. Tú, que necesitas carne en cada comida… ningún templo podría mantenerte.

 

Lu Zhui se quedó un rato acurrucado en su pecho.

 

—Dime —preguntó de pronto—, ¿por qué la boticaria no quería que tu poder aumentara?

 

Xiao Lan, que aún estaba distraído mirando el cuerpo bajo el agua, casi no reaccionó.

 

Lu Zhui lo miró fijamente.

—¿Quería controlarte?

 

—Tú sí que… —Xiao Lan le dio una palmadita en la cara—. Vienes rápido y te vas igual de rápido.

 

Lu Zhui quedó sin palabras.

 

—La boticaria no quería a mi maestra, pero dependía de ella —explicó Xiao Lan—. Y mi maestra solo quería que yo hiciera grande la tumba Mingyue, que me volviera un maestro invencible de la noche a la mañana. Ella no debía saber nada.

 

—Según el plan de la tía Fantasma, la tumba Mingyue sería tuya algún día —dijo Lu Zhui— Si la boticaria te controlaba, controlaba la tumba.

 

—A su edad, ¿para qué querría controlar la tumba Mingyue? —Xiao Lan reflexionó—. Si tú fuer…

 

Él quería decir “si fueras ella”, pero luego pensó que esa comparación era realmente mala, así que cambió de enfoque y dijo:

—¿Qué crees que es lo que más quiere ella?

 

—Lo más probable es que quiera vivir otra vez —dijo Lu Zhui, apoyado en el borde del barril—. Por muy vieja bruja que sea ahora, alguna vez fue una muchacha. Su mejor edad se la arrancaron de golpe. ¿Quién estaría conforme?

 

—¿También quiere practicar la Técnica de Traspaso de Almas? —Xiao Lan abrió los ojos.

 

—Parece que sí —Lu Zhui también cayó en cuenta—. ¡Con razón! Así se explica por qué se alió con Fu pero ignoró a Black Spider. No le importaba el plan de Fu ni el futuro de la tumba. Solo le importaba cómo volver a vivir como una joven.

 

—¿En los pueblos cerca de la Cresta Fuhun han desaparecido muchachas? —preguntó Lu Zhui.

 

Xiao Lan pensó un momento.

—Sí. He oído dos casos estos años. El gobierno no encontró nada.

 

—Entonces seguro que ya empezó a practicar, solo que aún no lo logra —dijo Lu Zhui—. Y el comandante Tie dijo que cerca de la tumba Mingyue aparecieron criaturas como zombis. Yo pensé que era Fu, pero no coincide el tiempo. ¿Y si era la boticaria practicando?

 

Xiao Lan asintió.

—Es posible.

 

—Tenemos que volver cuanto antes —dijo Lu Zhui—. Cuanto antes derribemos la tumba Mingyue, antes podremos estar tranquilos.

 

—De acuerdo —respondió Xiao Lan.

 

Lu Zhui saltó del agua con un chapoteo.

 

Xiao Lan lo miró, atónito.

«Aunque haya prisa… ¿era necesario salir tan de golpe?»

 

Lu Zhui estaba pálido.

—¿Qué demonios fue eso?

 

Xiao Lan siguió su mirada, se inclinó y sacó un enorme escarabajo del agua.

 

Lu Zhui: “…”

 

—Es mío, es mío —dijo el médico divino Ye al llegar apresurado—. Se escapó sin querer. No te mordió, ¿verdad?

 

Lu Zhui murmuró, mortificado:

—Sí mordió.

 

—¿Dónde? —preguntó Ye Jin, preocupado—. Hay que succionar el veneno rápido, si no se te duerme.

 

Lu Zhui: “…”

 

Lu Zhui: “…”

 

Lu Zhui: “…”

 

Ye Jin agitó la mano frente a él. Lu Wuming también se acercó, inquieto.

—¿Dónde te mordió?

 

Lu Zhui retrocedió dos pasos, muy serio.

—No me mordió.

 

«Prefiero quedarme entumecido un rato.»


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