Capítulo 180: Esta frustración indescriptible.
Los rugidos lejanos se acercaban cada
vez más. La nieve se levantaba en remolinos y la visibilidad se volvía borrosa.
—Es señal de ventisca —frunció el ceño
Ye Jin.
El ejército estaba justo en un
desfiladero. Con un viento así, era muy posible que se desencadenara una
avalancha. Wei Yang reaccionó al instante y ordenó la retirada inmediata.
Una ráfaga atravesó el desfiladero,
arrastrando miles de partículas de nieve. Qin Shaoyu levantó la capa para
cubrir el rostro de Shen Qianling.
En ese mismo instante, los rebeldes
sacaron de sus ropas decenas de bombas de humo y las estrellaron contra el
suelo.
Una nube verde grisácea se elevó y,
empujada por el viento, llegó en un instante al campamento del Gran Chu. Un
olor dulce y metálico se extendió, provocando náuseas.
Shen Qianfeng comprendió el peligro y
quiso lanzarse hacia adelante, pero Ye Jin lo sujetó con fuerza.
—¡No vayas!
Otra ráfaga rugió desde la distancia,
haciendo temblar los bloques de hielo a ambos lados del desfiladero. La nieve
comenzó a desprenderse en cascadas. Los rebeldes, por su parte, levantaron una
densa cortina de humo amarillo entre ambos bandos, tan espesa que parecía una
niebla sobrenatural. Si uno afinaba el oído, incluso parecía haber risas
extrañas dentro.
Wei Yang condujo a la vanguardia fuera
del desfiladero. Shen Qianfeng, aunque furioso, no tuvo más opción que
retirarse con Ye Jin.
Una vez fuera, el aire volvió a ser
limpio. Ye Jin revisó a los soldados que habían estado más cerca del humo.
—¿Sienten algo raro? —preguntó.
—Nada grave —respondió uno—. Solo un
poco de náuseas.
—¿No sabes qué era eso? —preguntó Wei
Yang.
Ye Jin negó y miró hacia el
desfiladero.
El viento era cada vez más violento.
Grandes bloques de hielo caían, destrozando el terreno. La niebla ya se había
disipado… y los rebeldes habían desaparecido.
Qin Shaoyu inspeccionó la zona, pero
no encontró rastro alguno.
—Era de esperarse —dijo Mu Hanye—. Con
este clima, las huellas desaparecen en segundos.
—Debe haber una entrada cerca —dijo
Qin Shaoyu—. Se escondieron bajo tierra. Conocen el campo nevado demasiado
bien: saben cuándo sopla el viento, cuándo se detiene… y calcularon el momento
exacto para bloquear nuestra visión.
—Volvamos —dijo Ye Jin—. Ese humo es
tóxico. No podemos bajar la guardia.
Todos asintieron y regresaron al
campamento.
—No lo oliste ¿verdad? —preguntó Qin
Shaoyu a Shen Qianling.
—Claro que no —respondió Shen
Qianling. Se había tapado nariz y boca tan rápido que casi se asfixia.
—Bien —Qin Shaoyu suspiró—. La próxima
vez no te traeré.
—¿Habrá más humo? —Shen Qianling
frunció el ceño.
—No —respondió Qin Shaoyu—. Ese humo
solo funciona en un desfiladero. En un campo nevado, el viento lo dispersaría
enseguida. Y aquí los desfiladeros son contados; basta con evitarlos en
adelante.
Shen Qianling asintió y suspiró por
dentro.
Era el primer enfrentamiento entre
ambos bandos… y había sido tan extraño y tan… frustrante.
El enemigo no dijo una sola palabra.
No hirieron a nadie. Solo usaron unas cuantas bombas de humo… y ganaron.
Desde cualquier ángulo, sonaba
humillante.
Tan absurdo que nadie lo creería si lo
contara.
Adivinando sus pensamientos, Qin
Shaoyu le dio unas palmaditas.
—Cuando no sabemos qué está tramando
el enemigo, este resultado no es malo. Ni siquiera Ye Jin reconoció ese humo
venenoso. No valía la pena arriesgarse.
—Lo sé —dijo Shen Qianling—. Solo me
siento un poco impotente. Y si no fuera por mí, tú seguramente habrías ido a
ver qué pasaba. Quizá hasta habrías capturado a alguien.
—¿Quién iba a imaginar que usarían
trucos tan rastreros? —Qin Shaoyu le pellizcó la nariz—. No importa. Esta deuda
la cobramos después.
—¿Por qué me detuviste antes?
—preguntó Mu Hanye a Huang Taixian.
—¿Acaso debía empujarte hacia
adelante? —respondió Huang Taixian.
—Contener la respiración y capturar a
dos para interrogarlos es fácil para mí —dijo Mu Hanye.
—¿Y si dentro del humo hubiera
cuchillas, trampas o una formación? —replicó Huang Taixian—. Zhou Jue no es un
inútil. Tiene muchos trucos.
Mu Hanye suspiró con emoción.
—A’Huang sí que se preocupa por mí.
—Antes de irme del campo nevado, jamás
vi un humo tan turbio —dijo Huang Taixian—. No sé qué clase de gente habrá
reclutado ahora.
—En realidad, para el Emperador Chu y
para el pueblo… es algo bueno —dijo Mu Hanye.
—¿Por qué? —preguntó Huang Taixian,
confundido.
—Si no fuera por Zhou Jue, toda esa
gente que practica artes oscuras estaría dispersa por el reino —explicó Mu
Hanye—. Causarían problemas, y el gobierno o el Líder de la Alianza Shen
tendrían que perseguirlos. Pero como Zhou Jue los reunió a todos aquí, podemos
eliminarlos de una sola vez. El pueblo vivirá más tranquilo. Es una buena
noticia.
Huang Taixian se quedó sin palabras.
«Bueno… tampoco estás equivocado.»
—Además, tuvo suerte —añadió Mu Hanye.
Huang Taixian parpadeó.
—¿Suerte?
—¡De haber crecido junto a mi A’Huang!
—dijo Mu Hanye, indignado.
Huang Taixian respondió con
dificultad:
—Ni siquiera viví mucho tiempo en el
palacio subterráneo… y casi no lo veía.
—Igual no me gusta —gruñó Mu Hanye,
con ojos peligrosos. Luego, pensándolo mejor, sonrió satisfecho—. A’Huang es
tan considerado… hasta sabe cómo consolar mi corazón roto.
Huang Taixian: “…”
«Solo estaba diciendo la verdad.»
Comparado con los demás, Ye Jin no
tenía el menor ánimo para hablar. Tras regresar con la vanguardia, revisó uno
por uno a los soldados afectados. Cuando Shen Qianfan y Liancheng Guyue
escucharon lo ocurrido en el desfiladero, también se quedaron sorprendidos.
—Son realmente gente criada por Zhou
Jue —gruñó Shen Qianfan—. Cobardes, tramposos y llenos de artimañas.
—Los vientos del campo nevado siguen
patrones fijos. No es difícil aprenderlos —dijo Liancheng Guyue—. Zhou Jue pasa
todo el año aquí; tenía que buscarse algún entretenimiento.
—Esa táctica solo sirve una vez. Fuera
del desfiladero no tiene ningún efecto, así que no vale la pena estudiarla
demasiado —dijo Shen Qianfeng—. Lo urgente es averiguar qué era ese humo. Con
tanto esfuerzo, no puede ser algo inútil.
—¿Tu esposa descubrió algo? —preguntó
Shen Qianfan.
Shen Qianfeng negó.
—Y será mejor que no lo molestes.
Shen Qianfan se sintió frustrado.
—Pero soy el general. Debo visitar a mis
soldados. Además, quiero saber de dónde salió ese humo.
—Visitarlos está bien —dijo Shen
Qianfeng—. Pero no hables con Xiao Jin. Con su carácter, si descubre algo lo
dirá. Si no lo descubre, preguntarle solo lo hará explotar.
Shen Qianfan insistió:
—¿Ni una frase?
Al menos quería tener una idea.
—Ni una —dijo Shen Qianfeng,
frunciendo el ceño—. O te doy una paliza.
Shen Qianfan se quedó con el pecho
lleno de frustración y ganas de pelear con su hermano mayor.
Solo ganas, claro. Porque no tenía
ninguna posibilidad de ganar.
Y tal como había dicho Shen Qianfeng,
Ye Jin estaba realmente irritable. Aunque los soldados afectados por el humo no
mostraban síntomas, eso solo lo preocupaba más. Si al menos hubiera alguna
señal, podrían deducir qué era. Pero este estado incierto, sin saber si era
veneno, ilusión o algo peor, era lo más desesperante.
Unas cuantas bombas de humo habían
bastado para neutralizar a la orgullosa vanguardia del Gran Chu. Ye Jin sentía
que la cabeza le daba vueltas. Parte de la culpa era del exceso de confianza
del ejército, pero también porque Zhou Jue nunca actuaba de forma convencional,
y porque todos desconocían el campo nevado. Por eso se había producido una
situación tan absurda.
Aun así, Ye Jin estaba furioso. En el
lapso de una hora, entró tres veces a la tienda para preguntar si alguien
sentía algo extraño.
El resultado, por supuesto, fue el
mismo cada vez: Nada.
Cuando Ye Jin estaba a punto de salir
por cuarta vez, Shen Qianfeng suspiró y lo detuvo.
—Cálmate un momento.
—Mm… —Ye Jin se frotó las sienes.
—Hazme caso —dijo Shen Qianfeng,
dándole unas palmaditas—. Hay cosas que no se pueden resolver con prisa.
—Yo…
—Lo sé —lo interrumpió Shen Qianfeng—.
En el campamento hay médicos, pero solo pueden tratar dolencias comunes. Por
eso sientes que es tu responsabilidad averiguar qué era ese humo.
Ye Jin: “…”
Shen Qianfeng lo abrazó.
—Descansa un poco.
Ye Jin rodeó su cintura con los
brazos.
—Aunque no me hubieras detenido,
aunque hubiera capturado a esos rebeldes… ¿crees que dirían la verdad sobre el
humo? Zhou Jue no es tonto —dijo Shen Qianfeng, acariciándole la espalda—. No
tienes por qué sentirte culpable. Incluso Shaoyu y el Rey Mu no se atrevieron a
arriesgarse.
Ye Jin hundió el rostro en su pecho
sin responder.
La verdad era que sí se sentía mal por
haberlo detenido. Con la habilidad de Shen Qianfeng, cruzar el humo y capturar
a alguien no debería haber sido difícil. Qin Shaoyu no fue porque debía
proteger a Shen Qianling, pero él podía contener la respiración sin problema.
Detenerlo había sido impulsivo.
Pero ya estaba hecho. Y en ese
momento, al ver aquella escena tan extraña, un escalofrío le recorrió la
espalda. No quería que Shen Qianfeng se arriesgara. Ni un poco.
En el fondo, era puro egoísmo.
Cuando se trata de la persona amada,
pocos en este mundo pueden ser completamente racionales.
—¡Lord Ye! —un guardia llegó
corriendo—. Dos hombres de la vanguardia… algo no está bien. Por favor, venga a
verlos.


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